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El respeto

Se dice que el respeto es la base de toda buena educación y que, sin respeto, no hay cultivo de valores.

Pero, en definitiva, ¿qué es el respeto? ¿Por qué es tan importante adquirir esta actitud?

El respeto, la base de todo aprendizaje

Decimos que respetamos a alguien cuando obedecemos, a pesar de que nuestra opinión sea de partidaria de hacer otra cosa.

Respetar significa anteponer el consejo y sabiduría de los demás, por delante de tu criterio. Por tanto, calmas de tu ego y decides aparcar tu idea, para acoger otra que reconoces como mejor.

Mejor para tu situación, para los tuyos e incluso, para ti mismo.

Puedes incluso no entender con claridad el por qué esa elección es mejor, pero sabes, sientes, consideras que, en definitiva, es el mejor camino porque confías en esa persona.

Porque sabes que esa persona tiene la experiencia y conocimiento suficiente para darte un consejo que pueda llevarte al éxito.

Esta actitud es importante porque es la fuente de toda sabiduría.

Aprendemos unos de los otros, copiando aquello que sabemos es provechoso. Aspiramos a saber aquello que nos resulta atractivo y obtener aquello que anhelamos.

Si no aprendemos a acallar nuestro ego y empezamos a escuchar a aquellos que consideramos sabios, ¿cómo vamos a aprender?

Si trasladamos el respeto a la vida cotidiana, vemos que debemos empezar por el respeto incondicional a nuestros padres.

El respeto a nuestros padres

Nuestros padres nos han proporcionado el cuerpo que tenemos y gracias a Dios, han mediado para formar nuestro cuerpo, esa materia que posibilita una nueva reencarnación.

Por haber posibilitado esa oportunidad, les debemos respeto.

Y con humildad, de igual forma, los padres también deberán respetar a esos hijos. Porque no se debe confundir respeto con represión.

Los padres nos dan la educación y nosotros les debemos el respe­to, la dignidad y la satisfacción de sentirnos dignos de ser hijos suyos.

Porque resulta que, al ser tus padres, tienes que obedecerlos porque de alguna forma, has de sentirte ligado a ellos en un respeto mutuo. Por­que los padres quieren lo mejor para sus hijos. Y sólo por el hecho de esa buena intención, ya merecen un respeto.

Debemos respetarlos porque son los que nos van a dar la educación y a esos padres les debemos mucho res­peto y mucha humildad. Ahora somos hijos, pero nosotros, también formaremos un día una familia y nos gustará que nuestros hijos nos respeten.

Por eso os digo: respetad y seréis respetados. Porque aquel que dé respeto a sus padres es porque también tendrá en su familia respeto al hijo. Y el hijo aprenderá del respeto de los padres y de su educación.

Debemos comprender que, si no aprendemos a respetar a nuestro padre y a nuestra madre, ¿Cómo vamos a respetar a Dios?

Si no comprendemos lo que significa respeto y cariño por aquellos que, con la materia, con el dolor y el sufrimiento, nos dan la vida, nos prote­gen y nos ayudan, nunca podremos respetar a Dios.

Si sumidos en este cuerpo con la materia, no comprendemos ni aprendemos el respeto a nuestros padres con humildad, nunca podremos respetar a Dios.

Porque en el plano espiritual, cuando estemos en nuestra forma espiritual, es más difícil de comprender, pues con la capacidad espiritual plena es más difícil sentirse humilde y acallar tu ego.

Un espíritu no siente dolor, ni sacrificio ni esfuerzo para cualquier cosa que desee realizar. Para que un espíritu sienta la necesidad de respetar, debe haberlo sentido y aprendido en el mundo material.

Aprendiendo pues, el respeto a nuestros padres, aprenderemos a respetarnos a nosotros mismos.

Ante todo, para ser respetados, el primer punto es que nosotros aprendamos a respetar. Y debemos empezar por nuestros padres terrenales.

Respetad también al hermano, al amigo, al compañero, a la compañera, a la mujer, al marido.

Porque el camino del respeto conduce al respeto de nosotros mismos, de nuestra naturaleza espiritual. Porque aquel espíritu que sea capaz de reconocerse a sí mismo y respetar a sus hermanos superiores, sin duda, prosperará en su camino a la perfección espiritual.

Sin embargo, hermanos, todos estos eslabones nos conducen a una puerta final. Al respeto de Dios Nuestro Padre. Porque él es nuestro principio y nuestro final a la eternidad. 

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